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Inmerso
en la desolación que solo una guerra tan cruel como la librada
por Estados Unidos contra Irak pude lograr, Ahmed Alí, camina
con una prótesis de plástico porque durante la guerra
entre Irak e Irán saltó sobre una mina.
Llama a un grupo de periodistas a visitar la hoy desolada y destruida
sede del partido Baath, considerada una suerte de palacio del horror.
Como en todos los edificios gubernamentales, en la entrada hay una enorme
imagen de Saddam con el puño en alto. Pero, en una señal
de que algo está cambiando, de que quizá la fuga de los
hombres del partido está reduciendo el miedo de la población
a expresar sus verdaderos sentimientos, se nota que el rostro del gran
líder ha sido manchado en mal modo con pinceladas negras.
En el patio hay gente que aprovecha para llevarse la nafta dejada en
grandes tanques por los líderes del partido. La puerta de entrada
al virtual palacio del horror ya no existe. Seguramente alguien se la
llevó. En la anarquía que reina desde que comenzó
la guerra, los saqueos se han vuelto normales en el sur de Irak. Todavía
se huele humo en la sede del partido Baath, donde al ingresar se ve
lo que era la sala de conferencias.
Desocupado y sin rumbo, como la mayoría de los habitantes de
este poblado, Ahmed no está tranquilo. Solo una cosa logra por
unos segundos arrancarle una sonrisa, saber que en medio de los periodistas
que dialogan con él se encuentra un argentino: Ahmed enloquece:
" I very love Maradona, tengo un CD de él. En Umm Qasr amamos
el fútbol: conocemos a otros argentinos, Ortega, Batistuta, Crespo...
Pero dígale al mundo que el pueblo iraquí ama a Maradona,
es el número uno".
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