Mi
vieja, La Tota, me decía cuando hablábamos por teléfono
desde México: Nene, qué comés? Corrés
más que nunca y en la televisión aparecés siempre
vos con la pelota!
Es que estaba enchufadísimo, mejor que nunca. Yo lo vivía
todo intensamente, era todo tal cual lo había soñado,
ni más ni menos. En aquella selección de Bilardo me
sentía, por fin, el patrón del equipo. Bilardo se había
jugado por mí y me había dado la capitanía.
El partido contra Inglaterra,
aquél 22 de junio, jamás lo voy a olvidar mientras viva,
nunca.
Del segundo recuerdo
muchísimas cosas. Yo en Fiorito soñaba con algún
día hacer un gol así en la canchita, con el Estrella
Roja, mi primer equipo. Y lo terminé haciendo en un mundial,
para mi país y en una final.
Sí, una final,
porque nosotros, por todo lo que representaba, jugábamos una
final contra Inglaterra. Porque era como ganarle más que nada
a un país, no a un equipo de fútbol. Si bien declarábamos
antes del partido que el fútbol nada tenía que ver con
la Guerra de Malvinas, sabíamos que habían muerto muchos
chicos argentinos allá, que los habían matado como pajaritos.
Y esto era una revancha. Mentira! No hacíamos otra cosa que
pensar en eso, ¡un carajo que iba a ser un partido más!
Por eso creo que los
goles míos tuvieron tanta trascendencia. El segundo fue, como
dije, el gol que uno sueña de pibito. Pero el segundo me dio
mucho placer, también. A veces siento que me gustó más
el de la mano, el primero.
Todos lo llaman "La Mano de Dios". ¿Qué mano
de Dios?, ¡fue la mano de Diego! Y fue como robarle la billetera
a los ingleses.